La curiosidad me devuelve, inevitablemente, a la inmensidad del universo. Es un hecho que me atormentaba y me sigue atormentando. Para que una persona despierte de su letargo difuso, ha de preguntarse qué había antes del cosmos; cómo el tiempo nació con el espacio y en dónde acaba todo esto. No soy quién para responder a esas preguntas: les temo porque las vivo en carne y hueso. Para la ciencia, la gran hazaña es una teoría del todo que una lo macroscópico con lo microscópico. Para mí, la verdadera hazaña sería una teoría del todo humano: comprender cómo la inmensidad del universo se anuda a nuestra historia y psicología, a ese continuo de contradicciones, amor, odio, asombros y perplejidades.

Nací en una época y un lugar donde no me veo obligado a morir por orden de unos líderes, ni soy esclavizado, ni violentado. No sé si sentirme agradecido o abrumado por ello. Soy libre para pensar profundamente y acceder a casi cualquier conocimiento, pero incapaz de trascender mi propio cuerpo. Mirarlo de frente implica asumir una lenta agonía: ser plenamente consciente de mi propia putrefacción, igual que todos los demás —algo que no me plantearía si mi urgencia fuera no pasar hambre o esquivar las balas de una guerra—. Podrá sonar egoísta tratarlo como un problema, pero para alguien que se experimenta como un sujeto en el mundo, con manos y mente cambiantes, lo es de forma irremediable.

Cuando miro el firmamento por la noche, en algún rincón libre de luz artificial, alzo la cabeza y siento una fascinación que me ensancha la mirada. Todas esas estrellas, toda esa energía sometida a la entropía —igual que mis células a la apoptosis— me recuerdan que el tiempo corre: no como una urgencia, sino como un aviso silencioso. A nivel estadístico y económico no soy más que una cifra. Eventualmente seré solo un recuerdo: una tumba con un cuerpo que existió en primera persona; alguien que sintió que fue, que algo pasó, que algo se movió, pensó, se hizo, lloró, cambió y vivió en el mundo.

Al vivir en el presente callamos una verdad que aceptamos sin nombrar —no por evasión, sino porque está demasiado arraigada en nuestra naturaleza—: la incertidumbre del futuro y la contingencia de que nada esté garantizado. A veces lo vivo como una esperanza, el anhelo de que un corazón me quiera; otras tantas no es más que un sesgo humano. En el fondo escapa a mi control, y solo me queda centrarme en lo que está en mis manos: mi propia mente y mi cuerpo.

Son las tantas de la madrugada; la casa calla. Hay verdades que solo sostiene el insomne, y el sol las desmiente. Esta es una de ellas.

Y si me preguntas, al final, si todo esto valió la pena; si la creación cuántica del cosmos sirvió de algo; si aquella molécula de apenas unos átomos que dio origen a la vida y aprendió a replicarse tuvo un impacto real; si la conciencia que nos permitió rotar las manos y contemplar nuestras palmas fue un don y no una condena; si los miles de años de catástrofes que casi aniquilan nuestra especie —y que desembocaron en el *Homo sapiens sapiens* que ahora escribe esto para que otro lo lea— guardan algún sentido intrínseco... mi respuesta será un absoluto y embriagado sí.

Y no, no fue el universo el que desplegó trece mil ochocientos millones de años con este amor como meta. Al universo le importamos un bledo: es un vacío negro y ciego, regido por la entropía. Y sin embargo, sobre esta roca insignificante, dos cuerpos que sudan y envejecen se han atrevido a encender algo que el vacío no sabe apagar: una insurrección de materia tibia contra tanta noche. Mereció la pena una y otra vez. Que el cosmos se extinga o renazca en infinitos ciclos: este fuego ardió, y lo encendimos nosotros. Este amor se manifiesta en el presente, libre de expectativas sobre el porvenir. Solo presencia.

Contemplar a mi amada sin tenerla delante. Sé de sus matices y de sus contradicciones; sé, sobre todo, que es de carne: un cuerpo que sabrá de arrugas y de desgaste, igual que el mío. A veces imagino, sin derecho alguno, el vaho de su respiración en un aire frío que todavía no hemos compartido. La entropía pasará factura también a esa materia. Amar lo eterno es fácil; lo verdaderamente humano es amar algo que sabemos perdido de antemano, y amarla de todos modos.

Sé lo que esto puede parecer: el desvarío de una cifra con insomnio, de una tumba futura que se atreve a dictar condiciones al abismo. Lo admito; incluso me hace gracia. Y elijo la locura.

*La amo, esté donde esté, con la misma fuerza elemental con la que la materia desafía a la entropía para encender la vida: ella es la que me mantiene en pie y me devuelve las ganas de existir.*

*Te quiero, amada.*