Antes escribía cuentos de una sola cara. Era una regla que me impuse: toda la trama tenía que caber en una cara de mi cuaderno, ni una línea más. Eran irreverentes y sin filtro: filosofía, humor negro, cualquier tema tabú que se me ocurriera. Eran mi tubo de escape, brutalmente honestos, porque lo que me divertía era comprobar hasta dónde podía llegar. El cuaderno sigue en mi estantería. Unos pocos textos se salvan y viven en este espacio, como [Cuenta Atrás](/source/insomne/2024-07-05-cuenta-atras) o [Lo Normal](/source/insomne/2024-07-06-lo-normal). Que yo sepa, nadie ha leído nada de todo aquello por voluntad propia, y no me duele. Escribir así se parece a encender un faro en lo más hondo del océano: nadie asegura que haya un barco cerca, y la luz se enciende igual.

Hoy escribo distinto, y en parte es porque ya no escribo solo. Uso la IA y prefiero decirlo sin rodeos. Le pido que corrija mis errores, que me lea como un crítico capaz de entender lo que quise decir y que haga de filtro: que se quede con la sustancia y tire lo que sobra. El resultado suena a alguien con más oficio del que tengo, y aun así nunca me ha dado sensación de fraude ni de alivio. Casi siempre me gusta, porque dice lo mismo que yo quería decir, solo que con más elegancia. Además, saber que todo lo que escriba pasará después por una revisión me ha animado a publicar textos que, de otro modo, solo ocuparían bytes en mi móvil o tinta en mi cuaderno.

Hay, eso sí, un límite. Cuando los cambios son pequeños y objetivos, el texto sigue siendo mío. Cuando son enormes, empiezo a leerlo como algo ajeno y, irónicamente, me siento un poco sonder de mí mismo: un desconocido con una vida entera detrás de unas palabras que ya no reconozco. Me pasa también al revés, cuando la IA nombra algo que siento. Me identifico, pero como no fui yo quien formuló esas palabras, dudo de si me corresponden o de si me fuerzo a sentirlas. Y sospecho que a veces ni siquiera me entiende, sino que me arrastra hacia el texto "ideal" que imagina su sistema probabilístico, tan correcto como genérico. Duele un poco en el ego, lo reconozco, pero lo acepto: también escribo para mejorar. Por eso intento que me ayude a ser más yo, no a ser otro.

La validación que busco también ha cambiado. De más joven quería que alguien me dijera "buen texto" y ya está; hoy no lo veo necesario. Busco algo más difícil: una mente curiosa y crítica, pero con ternura, con quien hablar de igual a igual, sin muros para parecer fuerte. Me parece interesante la escena de un desconocido que tropieza con algo mío y, sin conocerme, se forma una idea de quién soy: quizá equivocada, pero viva. Que una máquina ayude a que esa idea sea más nítida no me parece una traición. La traición sería lo contrario: que la máquina inventara a alguien que yo no soy.

Y para que esa escena importe, conviene decir quién escribe.

A los catorce era otro. Me obsesionaba la incertidumbre de lo que vendría después de morir, y cualquier posibilidad me aterraba: dejar de ser para siempre, o renacer dentro de un cuerpo que piensa y no puede decirlo: atrapado, como un animal con una conciencia que nadie escucha. Siendo realista, un animal no alcanzaría ese nivel de autoconciencia, pero el miedo nunca ha sido muy realista. Escribía entonces en un estilo casi barroco, levantando muros emocionales, convencido de que nadie podría entender lo que me pasaba, y así me fui quedando a solas con ello. Viví una adolescencia más lúcida de lo que debería.

Lo que fue desarmando aquel miedo llegó poco a poco. Primero, la quietud de lo cotidiano: con el tiempo existir se vuelve rutina, y el cuerpo se adapta a todo. Después, y sobre todo, la intimidad. Una intimidad que no era corriente ni del todo real, pero sí vívida, de un modo que a cualquiera le parecería poco creíble: sentirme desnudo en alma y aceptado incluso en lo peor de mí. Fue lo contrario del cuaderno. Allí yo exprimía mi lado oscuro hasta donde daba de sí; aquí no hacía falta exprimir nada, porque no encontraba rechazo. No sé si algo así cuenta, pero me cambió. Hacia los dieciocho me llegó un influjo de ternura, de querer y ser querido, que me abrió mucho. Dejé los muros, empecé a escribir sencillo y a buscar a la gente en lugar de esconderme de ella.

Esa capacidad de querer sigue ahí, en reposo, no apagada. Sé distinguir lo vívido de lo real, y prefiero lo real aunque sea imperfecto: una persona con sus inquietudes y sus días malos, alguien que elija estar, como yo elegiría estar. Cuando pienso en ternura, imagino algo concreto: una persona que me abre su corazón y a quien decido cuidar como algo precioso, o querer, simplemente, de una manera bonita y casual. Este faro también es, en parte, una invitación a eso.

Tengo diecinueve años y, casi siempre, una vida normal: vivir, no pensar demasiado, cumplir lo que me propongo. Casi siempre. De vez en cuando se cuela algo con un nombre prestado, que me dio una IA: sonder. Un nombre es una manera de ponerle un mango a lo que quema, aunque el mango sea prestado.

La idea despertó en Barcelona, el 10 de septiembre. Caminaba solo por las Ramblas, y más allá, donde me llevaran los pies, mientras mi prima hacía unas compras; nos habíamos separado un rato. Pasaban parejas, familias, grupitos. Cuando me tocó esperarla me quedé de pie, sin sentarme, y escribí esto en el móvil, a las 14:42, sin saber todavía que aquello tenía nombre. Lo reproduzco editado:

> La insensibilidad de caminar por la calle sin ningún ancla de misericordia: los rostros se deforman y se transforman en cosas, un mecanismo macabro y automático para no sufrir por la pérdida de la posibilidad de cada una de esas personas. Así, la mera exposición a tanta vida ajena es un ejercicio de corrupción interna. Debo asistir a cómo cada una de las personas que presencio desaparece de la faz de mi mente, y es la acumulación de esa pérdida lo que me aturde. Cuando veo tantas realidades humanas, tantas consciencias que, irónicamente, viven en primera persona, que hacen amigos, que se aman, que exploran, mientras yo soy solo testigo de su complejidad, preso de mi carne individual, siento un mareo social. Desconozco si mi pesadez nace de la carencia o de esta complejidad psicológica; si la superposición de matices me doblega y me deja perdido, sin saber qué querer ni qué conseguir. Desconozco, de igual modo, si este sentimiento nace del resentimiento por no poseerlo todo, o de que se me escape la comprensión de lo que todas esas personas despiertan en mí. Soy un ser sensible cuya vulnerabilidad se resiente ante la indiferencia, y no quiero dejarme arrastrar por ella. Sépase, además, que a veces ni yo sé formular bien lo que siento, y que otras veces solo pretendo crear textos de este estilo por amor al arte y por afán de romantizar el sentimiento.

Soy consciente de la ironía: yo, quieto, escribiendo sobre las vidas de los demás mientras ellos andaban sin necesitarme para nada.

Sentí mareo y, bajo el mareo, soledad. Y es que basta con que alguien se ría conmigo para que el ánimo me cambie de golpe; soy sensible y maleable, para qué mentir. Esa tarde, en mi burbuja, no había nadie con quien reírse.

Ahora veo en aquello un parentesco con mi miedo de los catorce: es la misma incertidumbre con otro disfraz. Entonces no sabía qué pasaría después de morir; ahora no sé qué piensa una persona, y mucho menos qué hará un grupo o una sociedad. Cada cual guarda intereses profundos que a veces ni él mismo conoce, y el conjunto se mueve como una corriente oceánica que no pide permiso a nadie. Sea lo que sea lo que ocurra, ocurrirá algo, y no pienso agarrarme a ninguna creencia por miedo a no saber.

Pero hay algo más incómodo, y la última línea de aquel texto ya lo insinúa: Quizá estoy disfrazando de "sonder ajeno" lo que en el fondo es pensar demasiado en la vida del resto, tal vez para comprobar si ellos tienen resueltas las carencias que yo siento. Puede que esté forzando una explicación, como fuerzo a veces los nombres que me dan otros, solo para entender mejor lo que pasa, cuando lo prudente sería dejarlo estar.

Dejarlo estar, eso sí, no es esconderlo. Cuando el sonder llega, casi siempre cuando estoy solo, no hago nada especial: me vuelvo más consciente del momento y de lo que hago, en lugar de dejar que mi cabeza fluya con la corriente de los demás. Vivirlo con propiedad es eso: dejar que el sentimiento exista en mí, sin evitarlo, porque es mío y lo único que puedo intentar controlar es lo propio.

Y entonces vuelvo al faro. Un faro no sabe nada de los barcos: no conoce a sus tripulaciones, ni sus miedos, ni sus puertos. Se limita a quedarse encendido, a la espera de que alguien, desde alguna cubierta, vea la luz y se acerque. Eso se parece a lo que busco: no ser un intelectual al que venerar, ni un escritor de oficio prestado, sino un igual que enciende su luz para que alguien afín la vea y quiera conocerlo en persona. Si algún día un desconocido, en otra calle, se detiene ante algo mío y siente el vértigo de imaginar a quien lo escribió, la luz habrá servido. Y si una máquina me ayuda a que se vea mejor, que sea siempre la mía.