La Rebelión del Amor
Hay algo muy hermoso en la simple acción de dar y recibir amor. A menudo la sociedad insiste en que lo vulnerable, cursi o tierno es de débiles. Que en los hombres no tiene cabida. O que es excesivo, demasiado ‘empalagoso’. Y seré honesto, hubo un tiempo en el que me creí esa farsa. Pero algo en mi interior me hizo liberarme de esas ataduras, y solo entonces entendí el cinismo de quien me las impuso.
En la faena filosófica, a menudo el origen del arte de pensar es, precisamente, la ausencia y la carencia de un amor sano. Tal vez pensadores como Cioran o Sartre nunca amaron o se dejaron amar de verdad. Y sin embargo, dar amor es igual de gratificante que recibirlo, e igual de transformador. No me cabe en la cabeza cómo alguien puede estar con la persona que considera su gran amor sin entregarse plenamente; sin darlo y recibirlo como es debido. Y hay algo muy puro en cuidar de alguien cuando está vulnerable o sensible. Creo que muchas veces nos hemos negado el permiso para disfrutar de amar, de ser amados o de cuidar al otro. Porque, francamente, si realmente llegas a ese nivel de intimidad, algo dentro de ti cambia para mejor. Es muy difícil mantener el cinismo después de una experiencia así. Hay algo en tu ser que, inevitablemente, se vuelve más empático y sensible.
Habrá a quien le choque escuchar esto precisamente de un hombre heterosexual; soy consciente de que no es común expresar estas sensaciones públicamente. Para mí es casi un fenómeno de catarsis. Pero esto mismo me lleva a la razón de mi afán por expresarlo: voy a morir. Quien lea esto, también morirá. Y pensar en esa realidad tan contundente me ha llevado a la conclusión de que el amor verdadero, profundo y vulnerable es, probablemente, la única forma de rebelión ante este escenario absurdo. Porque no solo la muerte es absurda. También lo es todo lo azaroso que nos sucede, a menudo por no haber tenido la prudencia o el detenimiento de discernir si nuestros pasos estaban honestamente bien encaminados. Alguien puede actuar sin ninguna intención oculta, y otra persona puede sobreanalizar ese acto, también sin mala intención. Somos humanos. Nuestra realidad psicológica no es un número estático, ni una constante, ni una ley universal. Toda nuestra vida se basa en matices, en grises, en la complejidad y ambigüedad inherentes a nuestra interacción. Muchos simplifican esa realidad, y no son culpables de hacerlo: simplemente así lo aprendieron y así lo asimiló su mente. A veces, es muy difícil cambiar esa visión.
Nuevamente, considero que la filosofía y el análisis para hallar la realidad o el matiz incómodo son nobles y tienen un gran mérito. Pero que ese impulso nazca del vacío, del remordimiento o de la pesadez, por mucho arte que engendre, no me parece el estado más puro del ser humano. Creo —sujeto a cambio— que si una persona ama y se deja amar, y construye su análisis a partir de ahí, el resultado es radicalmente distinto, aunque aún no tengo claro hasta qué punto.
Y respecto a la certeza de que vamos a morir… Seguro que a alguien le incomodará leerlo. A mí también me incomoda decirlo. Es una verdad dolorosa, pero precisamente por eso creo que es sano mencionarla y compartirla. Decía antes que mi consciencia sobre la muerte es lo que me empuja a escribir estas cosas, pero la verdad es que ni siquiera sé si ese hecho lo justifica. Como dicen muchos: cuando la Muerte es, yo no soy; y cuando yo soy, la Muerte no es. Tiene cierto sentido ver a la muerte como algo abstracto y no como algo que nos vaya a ‘suceder’ empíricamente, porque en realidad nunca sabremos, en carne propia, que nos ha sucedido. Solo lo reconocemos intelectualmente. Tal vez no necesito justificar lo que escribo buscando razones complejas o escudándome en el libre albedrío (el cual, irónicamente, dudo que tengamos). Quizá solo lo hago como una expresión del alma, con plena presencia y consciencia, sin motivos ocultos ni implicaciones estrictas.
Es “algo que se hace y, al hacerlo, ya está hecho”.
A menudo la gente espera de ti opiniones fuertes y polarizantes, como si la prudencia y el matiz no tuvieran el peso suficiente para ser considerados una postura legítima.
Y, si os soy sincero, creo que es necesario que exista gente así: con opiniones férreas, con fricción polarizante y cierta actitud áspera. No me imagino un mundo en el que, por el simple hecho de darle la mano a alguien, la otra persona exclame: “¡Oh, qué glorioso saludo!”. A lo que me refiero es que, tal vez, mi forma de ser no es una máxima universal. Aunque suene a cliché, esa diversidad es imprescindible para que la identidad de cada uno tenga verdadero sentido.
Amor, en realidad no sabía si esta forma de amarte o de ser amado era algo particular nuestro, o si podía ser replicada fácilmente con otra persona. Pero había algo en mi cuerpo y en mi mente que se resistía a pensarlo de otra forma. Para mí sí era especial y único, simplemente porque lo habíamos construido juntos. Mi alma ya se había acostumbrado a ti y al significado del amor que me proyectabas. Una vez que esto se define con la primera persona con la que de verdad lo sientes, tal vez ahí es cuando se marca a fuego en tu ser y ya no puedes cambiarlo por nada. Cuando veía tu cuerpo y tu carita, cariño, mi mente no lograba comprender cómo algo tan pequeño frente al inmenso mundo podía albergar un corazoncito capaz de darme todo el amor que tenía, igual que el mío hacia ti. Y por eso te quiero.