El Tiempo que no Vuelve
Hay una edad en la que uno empieza a contar los veranos. No sé exactamente cuándo ocurre. Un día simplemente te das cuenta de que ya no vives los meses como clima, sino como medida. Como si el cuerpo hubiera instalado en algún rincón discreto un contador silencioso, y de vez en cuando te lo mostrara sin permiso.
Mi abuela guardaba botones. Cientos de ellos, en una lata de galletas con una tapa que chirriaba al abrirse. Botones de abrigos que ya nadie tenía, de vestidos que se habían deshecho, de camisas de hombres que ya no estaban. Yo le preguntaba para qué los guardaba si no los usaba nunca, y ella me miraba con esa paciencia que solo tienen las personas que han perdido muchas cosas, y decía: porque algún día hacen falta. Tardé décadas en entender que no hablaba de los botones.
Existe una mentira muy bien construida que nos contamos sobre el presente: que lo estamos viviendo. Pero la mayoría de las veces el presente es solo el fondo sobre el que pasan otras cosas. Lo que de verdad habitamos es la anticipación o el recuerdo. Vivimos ligeramente desplazados de nosotros mismos, como una imagen que no termina de enfocar.
Lo curioso es que luego, con el tiempo, esos momentos que no vivimos del todo son los que más duelen perder. La memoria es injusta en ese sentido. Embellece precisamente lo que no supimos ver. Recuerdo tardes que en su momento me parecieron ordinarias —una mesa, luz de octubre, el ruido de la calle entrando por una ventana entreabierta— y que ahora tienen la textura de algo sagrado. No ocurrió nada importante. Eso es exactamente lo que las hace insoportablemente hermosas en el recuerdo: que no había nada que salvar, nada que demostrar. Solo el tiempo quieto, sin destino.
Nadie nos enseña a despedirnos. Es quizás la omisión más grande de todo lo que llamamos educación. Nos enseñan a llegar, a presentarnos, a comenzar cosas. Pero las despedidas las improvisamos siempre, con torpeza, con prisa, con esa incomodidad de quien sabe que debería decir algo importante y no encuentra las palabras a tiempo.
Y la vida, en el fondo, es una secuencia larga de despedidas que no supimos que eran despedidas. La última vez que entraste a tu casa de la infancia sin saber que era la última. La última conversación con alguien antes de que algo cambiara entre vosotros para siempre. El último día en que todavía eras quien eras antes de que algo te rompiera, o te expandiera, o te convirtiera en otra persona. Todo eso ocurrió en silencio. Sin aviso. Sin que nadie dijera esto que está pasando ahora mismo no volverá a pasar.
Pero hay algo que me parece extraordinario en los seres humanos, algo que no termina de dejar de sorprenderme: que a pesar de saberlo —y en algún nivel todos lo sabemos— seguimos poniendo la mesa, seguimos haciendo planes, seguimos enamorándonos de cosas pequeñas. Seguimos guardando botones.
Hay una valentía enorme en eso, aunque no la llamemos valentía porque la ejercemos sin pensar, por puro instinto de seguir. La valentía no siempre ruge. A veces simplemente hierve agua para el café una mañana más, y eso es suficiente. A veces es solo no rendirse ante lo evidente.
El tiempo no vuelve. Eso es verdad. Pero deja cosas. Deja la forma que tuvo en nosotros, la huella del peso de lo que cargamos, la cicatriz suave de lo que amamos. Somos, en buena medida, arqueología de nosotros mismos. Y si uno aprende a leer esas capas con algo de gentileza —sin el juicio feroz con el que solemos mirarnos— encuentra que debajo de todo hay una historia que, con sus fracturas y sus remiendos, es completamente, irremediablemente suya.
Y eso, me parece, es suficiente para seguir.