Cuenta Atrás
Tenía 100 seguidores. Cada día perdía uno, y las razones eran simbólicas comparadas con lo absurdo de aquella proporción: tenía, asimismo, 100 días de vida. Se hallaba en un abismo profundo e inexorable.
Pasó el primer día y alguien dejó de seguirlo. Se enteró de que había sido un viejo compañero de instituto, un tipo que compartía memes de fútbol y al que no veía desde hacía una década. Aquel unfollow silencioso, motivado quizás por una limpieza rutinaria de cuentas inactivas, se le clavó en el pecho como un rechazo cósmico, una declaración formal de que su existencia ya no merecía ocupar espacio en el feed de nadie. Se echó a llorar. Le faltaban 99 días, pero ya conocía la fugacidad del presente: esa ilusión tenebrosa que, otras veces, resolvía las cosas por él, y que le era vehementemente imposible no advertir cuando llegaba la noche y su cuerpo carnal se renovaba de vivencia al despertar. Como era humano, su conciencia volvía, una vez más, al colmo de lo inalterable, como si aquel nuevo día fuera algo especial, cuando irremediablemente no era más que un mero grano en el transcurso de su historia existencial.
Faltaban 74 seguidores, 74 días. Se acongojó al saber lo que iba a pasar el día 39.
Pues ese día llegó. Sintió un gran fervor que le quemaba la sangre; la inquina de los demás se había apoderado del aire y le costaba respirar. Se detuvo a mirar la pantalla, obsesionado con la idea de que su alma estuviera ligada a un servidor remoto en alguna parte del mundo. Qué absurda humillación la de haber delegado el peso de su propia vida a un dígito verde, a la arbitrariedad de unos extraños que pulsaban un botón en sus pantallas mientras tomaban café o esperaban el metro. Su cuerpo se había convertido en un simple títere de la matemática digital.
Esa convicción fría, instalada en su pecho como un peso de plomo, le arrebató cualquier opción de duda: si su existencia estaba determinada por una cifra en el aire, él reclamaría el derecho de fijar el último número. El plan, que al principio parecía una fantasía lejana, se convirtió de pronto en la única acción lógica que le restaba. Fue a comprarse un arma.
Los seguidores disminuían mientras observaba, complaciente, el posado de su arma colocada en la esquina de su pared blanca.
Los últimos 7 días hizo un ejercicio de reflexión. Se preguntó qué lo había llevado a aquella situación, y por qué no había hecho nada cuando aún era posible. Ello se sincronizaba con su vida, y las desgracias, pareció ser, no dejaron de aumentar.
Llegó el momento. El reloj marcaba la hora. Cogió el arma y se suicidó.
El último seguidor que se marcha apaga la luz. Al final, no fue el contador digital quien dictó el desenlace, sino su propia necesidad de que la matemática tuviera razón.