Una Eternidad
Así era mi vida: indiferente, insignificante, un ser consciente más. Quien tenga suficiente conocimiento de lo absurdo que es todo entenderá lo miserable que resulta la mera conciencia de existir. Así era yo, pues. Y llevaba ya varios días malos —de esos en los que todo tu pasado y tu futuro parecen teñirse del mismo color que el día de hoy. Es comprensible: vivimos en el presente, y somos, por naturaleza, demasiado ignorantes como para saber vivir de otra manera.
Supongo que no era solo cosa mía. Aunque, bien pensado, nunca sabemos nada con certeza —o, mejor dicho, yo, el que esto escribe, nunca sabré nada con certeza. Podría ser solipsista, aunque el propio término contradiga la esencia de su postulado. Pero lo sería. Creo que ya ha quedado claro.
Era un día de verano, también indiferente, o eso parecía que iba a ser. Estaba tumbado en la cama. Podría decir que tenía la percepción de una roca. De repente, la inercia del día se detuvo. No fue un ruido, sino lo contrario: un silencio que empezó a pesar, un vacío físico que vació el aire de la habitación, despojándome de mi propio cuerpo. La transición desde ese estado mineral hasta lo que vino después es algo abstracto, inefable. Podría decir, como mucho, que “era”. Ni siquiera de eso estoy del todo seguro. Quede claro, entonces, lo complejo que resulta describir esto.
Entonces ocurrió la teofanía. La penumbra de la habitación se vio rasgada por un hueco entre las nubes, una brecha por la que irrumpió la gloria, envuelta en un resplandor que no alumbraba las cosas, sino que las anulaba por exceso. De esa nube luminosa surgió Jesús. No tenía el aspecto mundano de las estampitas; se presentaba con la blanca túnica de la Transfiguración y una luz blanca que no proyecta sombra. Al acercarse, alcancé a ver las marcas de las llagas en sus manos, limpias y gloriosas. Me dio la mano y me subió a los cielos. Le besé en la frente, como signo de mi aprecio.
Subí, así, un escalón más en esta realidad, y me encontré ante el Absoluto. Aquello no era una figura, ni un lugar, ni una luz que se pudiera mirar. Siguiendo la vía de la negación, podría decir que Dios no era una voz, ni un silencio, ni un cuerpo, ni el vacío; era la ausencia de todo límite, la disolución de cualquier frontera. Me puse a reposar en esa presencia. Sentía placer, pero no de carácter físico, sino una quietud infinita. No sabía que existía, ni tenía noción de mi propia identidad. Mi nombre se había borrado. Sin embargo, de algún modo me percibía a mí mismo; de lo contrario, no podría estar contando esto.
Entonces le pregunté a Dios:
—¿Cuánto tiempo ha pasado?
Él respondió:
—Una eternidad.