EmilioMinkov_
INSOMNE / 2026-07-02

Vivir en Primera Persona

FECHA: JUE, 02 JUL 2026, 10:07 TIPO: Texto

Hay quien cuenta su vida por hechos, y hay quien la cuenta por los instantes en que el hecho se vuelve testigo de sí mismo. Este es un relato del segundo tipo: nueve instantes en que un hombre se sorprendió, sin querer, existiendo. Yo ya he estado en cada uno de ellos. Él todavía cree que los descubre por primera vez.

I. La primera persona y la muerte — 12:08 p.m.

Qué locura es vivir en primera persona. Me fascina desde niño: mi mente, cuando piensa por defecto o entra en estado de flujo, lo hace casi en tercera persona; la primera persona me resulta impropia, ajena. Solo cuando hago algo que la exige de manera exclusiva, como dar un paseo, siento esa fascinación, y no puedo evitar compararla con la sensación de la muerte. Ninguna de las dos es peor que la otra: son simplemente dos estados neutros que se proyectan sobre nosotros de manera inexorable, pero no por ello exentos de un profundo sentimiento interior de hermosura.

La tradición filosófica ha intentado nombrar esto: Heidegger lo llamó ser-para-la-muerte; él, más económico, lo resuelve dando un paseo. No sabe todavía que un día alguien, con una sola palabra dicha al pasar, le hará sentir exactamente lo mismo. Las revelaciones, cuando llegan, rara vez avisan.

II. Piérdete — 12:12 – 12:17 p.m.

Tanto es así que, muchas veces, por puro libre albedrío o pura arbitrariedad, dejo que mi alma más pura y mi cuerpo biológico decidan el camino, y no pocas veces mi conciencia responde: ¿a dónde estoy llevando mi cuerpo esta vez?

Conviene detenerse en la palabra que más se repite en este cuaderno: piérdete. No hay otra que se le parezca en insistencia. En su origen, perderse no es error sino condición: el místico se pierde en Dios, el amante en el otro, el moribundo en la nada. Que un hombre se lo pida a su propio cuerpo, y sueñe además con que alguien se lo pida a él, es la forma más honesta de rezar que le queda a quien ya no cree en nada más alto que sí mismo.

Muchas veces le digo a mi cuerpo: “piérdete”, a veces con desdén, otras de esa forma que sé que él reconoce, ejerciendo su libertad más profunda sobre el paisaje. Y sueño con que algún día alguien me lo diga a mí, con la más honesta franqueza y el más hondo decoro: “piérdete”. Y que yo, como nunca antes y nunca mejor dicho, me pierda.

III. La presencia de los demás — 12:25 p.m.

Todo encuentro es, según los que saben mirar, un pequeño juicio: el otro nos ve y, en ese instante, decide en parte quiénes somos. Él lo intuye, aunque todavía lo llame devoción.

Quiero dejar constancia de que he notado la existencia de cualquiera que haya pasado cerca de mí y la he asumido con el decoro que merece, nunca como un simple transeúnte. Y sin embargo, no se me escapa que esa devoción se afina de un modo distinto cuando quien pasa es una mujer que mi intelecto o mi cuerpo perciben como atractiva, como si el respeto que digo profesar a cualquiera se convirtiera, de repente, en un instrumento más selectivo. No sé si eso vuelve mi devoción menos sincera o simplemente más honesta sobre sus condiciones. Podría cerrar esto diciendo que el deseo no anula el respeto, y quedarme tranquilo. Prefiero no cerrarlo: prefiero preguntarme, un rato más de lo cómodo, si lo que llamo asumir la existencia del otro con decoro no es, algunas veces, solo otro nombre para mirar más rato del que se me ha invitado a mirar.

IV. La narrativa que uno se permite — 12:29 p.m.

Simplemente, me gusta construir una narrativa más elaborada y bella que la que los ojos de la cotidianidad alcanzan a percibir. Y no veo nada de malo en ello: me parece igual de válido, sobre todo por el panorama que induce, ese que regala deseos de vivir. A alguien puede parecerle ridículo, pero solo lo sería si uno actuara desde la impostura, y en mi caso estoy en las antípodas de eso. Vivir es hermoso si te permites crear esa vida en tu propio ser —la cual, irónicamente, ya tienes.

Hay quien necesita el arte para no morir de la verdad. Él no aspira a tanto: le basta con no morir de la cotidianidad. Es, a su manera, la misma plegaria, dicha en voz más baja.

V. La huida necesaria — 12:51 p.m.

A veces el ambiente de la cotidianidad me marea, me aturde en el presente. Intento luchar contra esa fuerza que pretende exprimir mi energía más genuina, pero a veces es inevitable, y la única solución que queda es la huida hacia un lugar más propicio.

Lo que él llama huida es solo otro intento de no disolverse en la masa. Teme que la inercia del día a día le borre esa primera persona que tanto le cuesta sostener.

VI. El hasta luego del bordillo — 1:53 p.m.

Al salir de la tienda había una mujer sentada en un bordillo, de esos donde suele haber gente por razones muy distintas. Al verla, mi prejuicio ya había decidido quién era, y apenas le presté atención. Cuando pasé a su lado, a poco más de un metro, ella dijo “hasta luego” con una voz tímida, casi con culpa por existir, como el último grito de auxilio de quien busca la salvación. Y algo dentro de mí despertó, de golpe, la ternura. Fue el “hasta luego” más bonito e incondicional que alguien me ha dedicado.

Aquí está la revelación que anunciábamos antes, y él todavía no lo sabe: una desconocida acaba de decirle, sin querer, lo mismo que él lleva media vida pidiéndole a su propio cuerpo. “Piérdete”, se decía a sí mismo. “Hasta luego”, le dice ahora el mundo. Son, en el fondo, la misma despedida, dicha con más ternura de la que él estaba preparado para recibir.

Yo, sin embargo, no estaba preparado: iba con la mirada fija al frente, y al oírla sentí una punzada de pena que cambió mi paso. No sé si aquella mujer se compadeció de mí al asomarse a mi alma, o si fue un gesto verdaderamente incondicional, pero sin duda lo agradecí. Y creo que sentí lástima, no tanto por haber ignorado su saludo, sino por la pena que guarda una persona de corazón tan noble. No es ingenuidad: sé que era una completa desconocida y desconozco sus intenciones. Pero hay algo muy bello en compartir esa humanidad que llevamos dentro, la más pura, la que se revela cuando menos lo esperamos y nos aflige porque, igual que el resto, somos humanos.

VII. El manjar de la voz — 1:58 p.m.

Toda voz que conmueve es un eco de la primera voz que nos dijo adiós con ternura. Por eso la busca en las demás, sin saber que ya la había escuchado una vez, en un bordillo, sin prestarle atención.

Lo que más me embelesa de las mujeres es su voz. Hay muchas cuya voz es dulce pero firme, y produce en mis oídos una sensación más que agradable, como si estuviera catando sus vibraciones. Vivir junto a alguien así debe de ser exquisito: un espectáculo incondicional y constante para el oído, como un manjar grandioso, mientras que a la otra persona solo le supone hablar. Y si esa voz, además, expresa lo que siente en lo más hondo, mostrando su vulnerabilidad y el sentimiento más honesto hacia mi persona, eso me derrite. Que me dedique unas palabras solo porque sabe cuánto me gustan tanto el sonido como el mensaje es de una belleza inmensa.

Creo que muchas personas desconocen la belleza de su propia voz simplemente porque nadie se la ha reconocido nunca. Y es que decírselo es algo muy íntimo, pues no a cualquiera le dirías que te gusta su voz; me parece, sin duda, un cumplido bastante especial.

VIII. La confianza ajena — 1:58 p.m. (cont.)

La seguridad incondicional de quienes hacen lo siguiente me arranca una sonrisa: cuando una persona está muy cerca de ti y se siente completamente cómoda con lo que hace, como si tú no estuvieras; o cuando dos personas mantienen una charla íntima y, al pasar yo a su lado, siguen hablando como si nada, haciéndome creer que me incluyen en ella, o que tienen la confianza suficiente para decir lo que dicen delante de un desconocido.

Esa comodidad ajena es para mí vital, aunque siempre con prudencia, porque no todo el mundo lo mirará con mis mismos ojos. Se me ocurrió por primera vez en unas escaleras mecánicas, como una idea abstracta, pero al volver a casa se manifestó en dos personas reales, junto a las que pasé, que seguían enfrascadas en su conversación.

Y así se cierra el círculo sin que él lo note: empezó queriendo ser el protagonista de su propia vida, y termina embelesado por la felicidad ajena, mirada desde fuera. Esa ha sido, desde el principio, su verdadera primera persona: la del testigo.

La ciencia bautiza lo que él vive; la filosofía lo dignifica; y él, mientras tanto, solo pedía que doliera bonito. Vivir en primera persona no es, al final, sino esto: aceptar que un día seremos, para alguien, un simple “hasta luego” dicho al pasar, y que baste con que sea sincero.

IX. El despertar sin edulcorantes — Viernes, 4:06 p.m.

Ya habíamos cerrado esto una vez, con vocación de epílogo incluso, y aquí está la prueba de que cerrar nunca es más que una tregua. Un día después, la misma persona despierta creyendo ver, por primera vez, lo que ya ha visto antes, aunque esta vez con menos ternura y más frío, como si el propio narrador hubiera cambiado de método sin avisar.

A veces, cuando me levanto justo tras un tiempo de desconexión mental, de dormir para llamarlo de algún modo, mi mente parece renacer, aunque ya con todo el bagaje existencial que arrastraba antes. Y en ese renacer ve ciertos tejidos de la realidad de manera más clara, pura y cruda de lo que jamás podría verlos la red neuronal por defecto, ese estado constante y prácticamente determinado que llamamos ser humano.

En esa epifanía macabra, si es que se le puede llamar así, no tengo claro si hay algo de química de por medio, esa que te vuelve taciturno justo después de despertar. Pero cuando ves la realidad de manera cruda y sin edulcorantes, te topas de bruces con lo que nos acontece ahora mismo: somos, rigurosamente, seres de carne y hueso, sin motivo trascendental, destinados a la muerte.

Y de ahí me parece algo ingenua la sorpresa ante el hecho de que “no hay motivos para existir”. ¿No era eso ya evidente? Cualquier intento de engrandecer esa tragedia no es más que un reflejo de nuestra propia necesidad humana de darle peso al vacío. Algunos buscan respuestas en la religión; otros se resguardan en el nihilismo para sentirse trascendentes desde el oscurantismo. Pero, en el fondo, la postura más pura es la de quienes no toman partido: los que aceptan que no es que no haya razones para existir, sino que no hay razones para que yo me atormente pensando si las hay.

Cualquier postura ante este hecho rompe, inevitablemente, la amistad con la prudencia: es “mojarse en el barro” sin necesidad aparente, y liberarse de esas emociones profundas que uno vive y que, según el caso, atormentan o embriagan.

No es que a la hormiga no le importe existir: es que solo al hombre le importa preguntárselo —esto ya lo sabía Heidegger, aunque hiciera falta un nombre alemán para que sonara importante. Ese “mojarse en el barro” que tanto le cuesta nombrar es, sencillamente, el precio de que su propio ser le importe. Puede que la única primera persona verdadera sea esta: la que despierta cada mañana convencida de que todo —el barro, la muerte, la belleza— le ocurre por primera vez.

SINCROJUE, 02 JUL 2026