Aquella Lluvia
Es sencillo: soy insignificante por fuera e indiferente por dentro. Evitemos la tautología que eso supone; ya la conocemos todos. El problema no es enunciarla, sino lo que ocurre cuando empieza a formar parte de la realidad: las circunstancias, por decirlo de alguna manera, se complican. O al menos se complicaban en aquel entonces; hoy me limito a registrar el naufragio.
Así pasaban los días, sin que entendiera del todo qué me ocurría. La realidad se había vuelto abstracta, y el pensamiento parecía tener más sentido que la experiencia vivida en primera persona. Me preguntaba qué sería lo trascendental que me “ayudara” a “salir” de aquella “situación”. Cada día era más inútil, y tenía menos en la cabeza —no por demencia, sino porque no había nada concreto, nada pensado con el detalle y la sofisticación con que a mí me gustaba imaginarlo. Recuerdo con cierta pena aquella soberbia intelectual que me impedía simplemente estar.
Me llegó un mensaje mientras miraba el cielo nublado. Había llovido; hacía fresco, y era verano, lo cual lo hacía todavía más singular. Escribía Estela, un ser al que yo de antemano había decidido catalogar como vacuo, fatuo, incluso necio. Soy consciente de la crueldad de ese juicio; es mucho más cómodo rebajar intelectualmente al otro que admitir que su cercanía nos perturba. Como una forma de perdón, o quizás para protegerme en mi propio cinismo, hice lo etéreo: le respondí.
Estela tenía, inevitablemente, lo que mi instinto necesitaba: un cuerpo sereno, una personalidad dulce y tierna. Aunque nombrarlo así ya no parecía cosa del instinto, sino del raciocinio, lo cual es, de por sí, una contradicción. Sucumbir a esa contradicción, bajo el nombre de decisión propia, fue mi primer error. Supuse que aquel paradigma me daría más fruto que flor, como si pudiera dosificar la belleza del otro según mi propia conveniencia analítica.
Paseamos por la llanura verde, sugerencia mía. Ella insistía en cogerme de la mano; yo acepté. Caminamos como dos enamorados —me hace ilusión, incluso ahora, decirlo así.
Empezó a llover, pero “aquella” lluvia. La llanura verde se estrechó de golpe hasta convertirse en el hormigón frío de un puente que cruzaba el río. De repente estábamos allí, suspendidos entre el agua que corría abajo y la que caía de arriba. Ella me miró fijamente, se acercó y me besó con el alma.
Y entonces, los coches empezaron a bocinar. Un estruendo tosco y real que hundió el instante de golpe. La primera grieta del naufragio.