Cuaderno de la Decadencia II
La decadencia, ahora cerciorada, se contrapone al sentimiento racional de percibir la multitud. Mi propia mecánica perceptiva tiende a asociar la multitud con la alegría —sobre todo ante el paso de las desconocidas, un cuello descubierto o el fulgor de una risa fugaz que se pierde en el tumulto. Al contemplar ese fluir, mi mente las reduce a un adorno del paisaje —y ya sé, mientras lo escribo, que esa reducción dice más de mí que de ellas—, traduciendo sus gestos en un anhelo inmediato: lascivo, furtivo, exasperante. Exasperante porque es solo eso: anhelo. No se puede traducir en un manifiesto hacia la realidad de ninguna forma pensable —para empezar, porque es inverosímil; para terminar, porque es irracional, por lo dicho antes. Pero es gratis vislumbrar.
Me descubro reduciendo esa multitud a un ornamento superficial que crea en mí un sentimiento involuntario —lo cual, de por sí, ya es una gran faceta—, generando vitalidad, asombro, un eco de la juventud. Son, en suma, esas sensaciones genéricas que asociamos con la primavera. E incluso en su ausencia, se genera en mí lo que ya mencionamos antes: decadencia.
Al final, percibo que vanagloriar estas figuras y reducirlas a elementos decorativos de mi propio paisaje resulta fatuo. ¿No es acaso otra forma de despojarlas de su propia subjetividad, negándoles cualquier realidad que no sea mi propia proyección estética? Expresar lo que se siente es muy a menudo inexorable, pero me pregunto si lo que llamo asimilar el deseo no es, en realidad, un pretexto para quedarme tranquilo en la comodidad de mirar sin ser mirado, de objetivar el mundo para no tener que enfrentar la mirada del otro.
Después de esto, aparecen otros pensamientos que nos limitan: no eres lo que eres ni por cuanto eres, solo tu propia visión.
Entonces uno piensa en ciertos procesos típicos de los humanos —la gran mayoría inconscientes, para ahorrar recursos cerebrales— y se cuestiona hasta lo más básico, como un simple saludo. Venimos de una determinación azarosa; somos un ente pensante que mejor ni pensar en cómo. Pero ahora que somos ser, es arduo no caer en una espiral infinita de pensamientos inconexos y contradictorios, cuestionándose no solo las preguntas básicas de la filosofía, sino aquellas que inciden directamente en la percepción de lo que somos:
—¿Dijo eso porque realmente lo pensaba, o solo está sesgado?
—¿Cómo puedo comprobar que este ser obra según un sistema consistente y coherente?
—¿Cómo se relaciona el sentido ontológico de la realidad con el hecho de que, mayoritariamente, seamos mundanos, banales y simplistas?
—¿Cómo es que el sufrimiento por la lucha de la supervivencia sea real y nos afecte directamente, sin que en realidad lo comprendamos del todo?
—¿Cómo se relaciona la muerte individual con el padecimiento de cualquier desgracia, y su posterior evocación por un tercero como si fuese algo insignificante? Insignificante no porque ese tercero haya expresado su indiferencia, sino porque el solo hecho de existir ya la muestra como algo ajeno a su conciencia —pues solo conocemos la propia. Lo cual es, en sí, otra contradicción: es precisamente a través de nuestra conciencia que la muerte ajena se nos vuelve insignificante.
—¿Cómo, entonces, iba a ser insignificante la muerte individual?
—¿Es, acaso, la vida una demasía que se prolonga por debilidad y muere por casualidad —el ser humano, una entidad autoconsciente con columna vertebral cuya muerte, irónicamente, solo representa el fin de algo más, como si fuéramos meros objetos en una realidad donde ni siquiera se sabe qué es ser un objeto?
—¿Es, quizá, la muerte el fin de algo menos que una experiencia personal? Algo que pasa desapercibido —de una forma u otra, no podría no pasar desapercibido, por lo cual no se critica del todo, pero sí se critica que sea así— para todas las personas que, de hecho, también morirán, pero que solo conciben la muerte a través de la propia, no como el cese de una función consciente ajena.
—¿Es posible que, desde cierta perspectiva, ya estemos muertos, puesto que tendemos a la nada? ¿O que, por el contrario, seamos solo una característica emergente de la nada, pero en sustancia, nada?
O la clásica: ¿por qué esto es así, y no de otra forma?
Y sin embargo, siempre aparecen los ilusos con su condescendencia práctica: “No, si la vida es más simple de lo que crees”. “Vive una vida al minimalismo”.