La Incondicionalidad de la Cosecha
Lo verdaderamente hermoso de la vida es que, en esta realidad, existe una continuidad. Poseemos un pasado social y psicológico sobre el cual construimos nuestro espectro vital; no renacemos desde cero a cada instante, condenados a la amnesia perpetua. Es gracias a esta acumulación de tiempo, memoria y esfuerzo que somos capaces de forjar una familia, acumular riqueza o edificar cualquier tipo de legado.
Y es precisamente en esa acumulación donde encuentro el mayor de los goces. Una vez que he alcanzado mis objetivos y llega el momento de recoger los frutos, me entrego a esa cosecha como si no hubiera un mañana. En ese instante exacto, la recompensa me pertenece de manera absoluta e incondicional. Lo saboreo con una paz profunda porque, en ese preciso segundo de la cosecha, ya no tengo que hacer absolutamente nada para ganármelo; el precio ya fue pagado, gota a gota, por mi yo del pasado.