Cada Instante, un Yo Menos
Cada momento cuenta.
Cada instante, una esperanza.
Cada segundo, un futuro diferente.
Cada minuto, una realidad enrevesada.
El yo vive cada tiempo como parte de su manera de desarrollarse a lo largo del tiempo. Cada instante, un yo menos. Todos los yo convergen únicamente en el yo actual, que inmediatamente es ya el yo pasado —de modo que el yo anterior al yo debería, por lógica, ser también el yo. Pero no lo es. Y así, la identidad nunca termina de forjarse: se rehace en cada instante que la deshace.
Pasare el tiempo; perdido pareciere.
Cada segundo cuenta. Cada minuto, cada hora, una eternidad. Cada día, una trascendencia del espacio-tiempo. Cada año, inefable. Vivimos miles de vidas en una sola vida: miles de instantes en un solo minuto, cada uno más valioso que el anterior, cada uno capaz de ser más fértil que un siglo entero.
Es un remolino exasperante de sensaciones.
El tiempo se mueve. El ser humano, no. Por eso se halla perdido.
Y sigue pasando el tiempo. Y sigue pasando.