La Paradoja del Camarero Biológico
El cerebro individual es, paradójicamente, la masa de materia más sofisticada que gobierna nuestras vidas, y lo hace mucho más allá de lo que alcanzamos a advertir. Casi todo lo que creemos lo creemos sin saber que lo creemos: crecimos dentro de una costumbre que no se siente como una creencia, sino como la “realidad” directa. Por eso se nota tanto el momento en que se rompe, ese instante en que la mente hace “click” y mira fijamente las cadenas que la sujetaban.
El dilema es que nunca terminamos de librarnos de ellas. El mero hecho de pensar que las tenemos nos encarcela en otras aún más sofisticadas, como le ocurre al camarero de Sartre, que de tanto interpretar al camarero acaba confundiéndose con su papel. El cerebro humano es, por diseño biológico, un entramado sin solución. Eso no impide que tengamos inteligencia o una memoria prodigiosa, pero sí nos condiciona en lo emocional, porque seguimos funcionando con la arquitectura biológica que heredamos de nuestros antepasados hace miles de años.
Quizá por eso construimos una persona: una figura con nombre, gustos y opiniones firmes que hace más llevadero el trayecto. No es una mentira, es una herramienta, y casi siempre una buena. Pero debajo de ella queda algo más antiguo y más simple, un ser vivo en busca de refugio, que no necesita una personalidad para tener miedo ni para querer seguir aquí. Tal vez el error del camarero no sea actuar, sino olvidar que bajo el papel hay alguien.
Y no: darse cuenta de esta arquitectura no te libera de ella. Solo te hace, quizá, más consciente de tu humanidad y de tus límites. Puede que eso baste: saber que el papel es papel y que debajo hay alguien que lo sostiene.